domingo, 26 de junio de 2011

DE LA ESPERANZA AL VACÍO EN DOS AÑOS






Corría el 18 de junio de 2009 cuando el exuberante proyecto de Florentino Pérez confirmaba al laureadísimo Ettore Messina como su entrenador para el equipo de baloncesto. Acompañado del experimentado Antonio Maceiras, sonaba a apuesta fuerte por el baloncesto, otrora vilipendiado por el máximo mandatario blanco en su anterior etapa al frente del club.

Sin embargo, el primer año del italiano en el Real Madrid fue francamente decepcionante. El Madrid es una máquina fagocitadora de entrenadores y jugadores desde hace ya muchísimos años, y la magnitud del club hizo que hasta un catedrático del basket como el italiano pareciera haber perdido el norte por momentos; sirva como ejemplo la sucesión interminable de fichajes que rayaban entre la mediocridad (Vidal, Almond, Dasic), el segundo plano europeo (Lavrinovic, Hansen, Kaukenas) y jugadores cuyos mejores años de basket ya quedaron atrás (Garbajosa, Prigioni, Jaric). Sólo las apuestas de Velickovic y Tomic (este fichado a mitad de temporada, muestra de la improvisación reinante) parecían tener un sentido claro. A pesar de todo, Ettore pareció crear un equipo aguerrido que iba mostrando unas señas de identidad hasta que las vergonzantes derrotas contra el Barça le hicieron perder definitivamente la cabeza, con cambios de roles constantes, jugadores que cogían importancia en la rotación para luego desaparecer, fichajes sinsentido, hasta llegar a la derrota en semifinales de ACB con el Caja Laboral.

La segunda temporada empieza con el primer golpe para Messina: su hombre de confianza es reemplazado por Juan Carlos Sánchez, que ya en sus primeras declaraciones dice querer “explicarle” a Messina lo que es el Madrid. Se ficha a Sergio Rodríguez, Tucker, Suárez, Fischer y se recupera del Plasencia a Nikola Mirotic. Y aquí es donde cambia el rendimiento de Ettore. Mientras que en el primer año el italiano hace y deshace a su antojo y el rendimiento del equipo es pobre por su responsabilidad, en esta segunda temporada le dan una plantilla muy muy mediocre con la que el italiano hace un trabajo EXCELENTE. El basket moderno se construye de fuera adentro, y en casi todos los equipos de élite hay 3-4 jugadores en pista que amenazan de fuera; pues bien, el Madrid no cumplía ni una sola de las dos condiciones. A pesar de todo, basado en una asignación de roles clara desde el primer día y una defensa colectiva espectacular, el equipo pelea por el liderato ACB, queda líder del top-16 de la Euroliga y pelea hasta el último minuto la final de Copa ante un equipo inmensamente superior…hasta que Messina dimite por considerarse bombardeado desde la prensa afín del club pese a estar haciendo una temporada extraordinaria para los medios de los que disponía. Entre medias, el fichaje del 7º pivot para una plantilla que pedía a gritos tiradores, y declaraciones de jugadores nacionales que dejaban bien claro quien mandaba en ese vestuario.

Así pues, el mensaje que el Madrid manda al mundo del basket es que es un club en el que el entrenador, que debe ser la figura más importante, no pinta nada y que el club está dominado por un sector de jugadores con el que ni uno de los entrenadores más respetados a nivel mundial ha podido. En ese contexto…¿quién iba a querer embarcarse en ese proyecto? Pues un amigo de Herreros (que merece que se le dedique un artículo para él solito) cuyo máximo logro ha sido ganar la LEB y dejar atrás una ciudad que descorcha las botellas de champagne tras su marcha. ¿El reto? Colaborar junto a su excompañero y una masa social que parece no sentir ni padecer, a la más que previsible desaparición de la sección.

Artículo escrito por Antonio García.

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